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(no subject) [Mar. 10th, 2008|04:09 pm]
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(no subject) [Feb. 26th, 2008|11:55 am]
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Nunca se me dio bien mentir. Ni pretendiendo hacerlo. Pero tampoco se me dan bien las grandes verdades, esas que se dicen a gritos, o por lo menos con mayúsculas, con la mirada de frente. Me asustan. Como la realidad, que escrita con letras grandes parece distorsionada, pixelada, desteñida. Al final soy yo la cobarde. Pero no te voy a mentir a ti. Ni a ti, ni a ti y tampoco a ti. Pero tal vez pueda permitirme mentirme a mí. Eso siempre ha sido fácil. Soy sumamente engañable, crédula, ilusa, inocente, que dirían algunos. Y no quería fallarte. Pero ahora ya no ríes, o sonríes por compromiso, pero no es un reír sincero, y yo necesito tu felicidad para la mía. ¿Qué egoísta, no?. Y sí. Me miento  otra vez creyendo que puedo conseguir lo imposible para los demás. Agárrate al bote salvavidas.

Perdóname si no puedo hacer que el mundo deje de girar.

O si no consigo robar todos los relojes de la ciudad.

Perdóname si no me hago lo suficiente visible entre el Aquí y el Ahora, donde solíamos vernos antes.

Lo siento, si sueno poco convincente.

Es mi altruismo barato y mentiroso.
Es mi altruismo barato y mentiroso.
Es mi altruismo barato y mentiroso.
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(no subject) [Feb. 11th, 2008|06:24 pm]
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Parece que vienen así los días, uno detrás de otro, que haya que ir quitando páginas del calendario. Pero no es verdad.

El tiempo no es una línea, ni siquiera un círculo, y mucho menos unas manecillas de reloj. El tiempo no hace tic tac. El tiempo se transforma, hace espirales, vuelve atrás, se mete en sí mismo, sale y se lanza al espacio, el tiempo se distorsiona y los días nunca se repiten, nunca duran lo mismo.

Nos engañan los números otra vez. El otro día no fue seis de febrero tal y como lo fue hace un año. Fue ocho, completamente viernes, la ciudad en patines, el banco y gastar bromas con Cristina casi como si no hubieran pasado cristales por nosotras. Fue noche tendida entre las butacas del cine y la arena de la playa, noche de descubrir que aún quedan seres mitológicos que encontrar bajo estrellas que juegan a hacer surf en marea baja, noche para volverse equilibrista en la cuerda floja, inventar una luna trapezoidal, tirarse al sonido del mar cuando tienes la cabeza próxima al suelo y en fin, todos esos indicios que anuncian una próxima huida. Fue sábado en el metro-sobre-tierra, sábado en el teatro y sábado bajo mantas, sábado de películas, de canciones y café, sábado, pero noospermitoquemuráis. 

Por otra parte he decidido que hoy no fue lunes, no por lo menos un lunes lógico y ordenado. Hoy, lunes, estuve con ella en Disneylandia, aunque la canción no diga mucho a favor del lugar, y entramos en el laberinto, por supuesto.

Mañana tal vez sea martes, las malas lenguas dirán que pasado llegará el miércoles –esos miércoles intermedios que parecen no pertenecer a ningún sitio-, y quién sabe si después vendrá el jueves, y el fin de semana parecerá sólo eso, un fin de semana.

 Si una no quiere ser eterna –pero sí infinita- y hoy es siempre todavía, que sea viernes para todos, que el tiempo tenga nudos, tropezones, que se haga madeja y no se deje peinar, que cambie de color y permita pintar encima, que se destiña, que manche, que pinche, acaricie, que rasque, que te agujeree la piel, que recomponga los fragmentos, que conozcas siempre la pregunta, que no te atraviesen los segundos, que nunca sepas ni cómo ni cuándo, ni ciento volando, ni ayer ni mañana.

            No es febrero. Ni enero marcó ningún comienzo. El 1 no es el primer número, ni el principio. Y mañana... Mañana será otro día.

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la nana del ogro [Feb. 1st, 2008|01:29 pm]
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                Cuando era niña –un poco más niña de lo que puedo ser incluso ahora, siendo Wendy-, no me interesaba demasiado escuchar música. Por aquel entonces tenía aventuras mucho más emocionantes que vivir y cuevas secretas donde perderme. Cuando mis amigas me hablaban de sus cantantes de moda preferidos, yo jamás sabía quiénes eran.

Sin embargo, recuerdo algunas cosas que fueron importantes. Recuerdo el tocadiscos que tenían mis padres en el comedor, más tarde en el despacho. Recuerdo la vieja radio –que debía ser más grande que yo- que todavía adorna el estante de encima del ordenador. Recuerdo su colección de jazz y música clásica. Recuerdo los casetes del coche y especialmente el de La Mandrágora. Pero sobretodo recuerdo a mamá cantando.

            A mamá siempre le ha gustado cantar. Tiene una voz honda, de esas que te recorren por dentro y se te quedan resonando durante un buen rato. También le gusta lucirse, y canta siempre bien alto, como quien corre con todas sus fuerzas hasta que no puede más, más o menos así.

            La recuerdo en la cocina. Mientras yo tendía, ella sacaba una canción de cada palabra. Probablemente yo refunfuñaría algo, todo lo borde que me saliera, para que se callara. Sí, bueno, es que ella versionaba sus canciones y me daba rabia. A veces quiero que cante para demostrarle que no siempre soy borde. Otras, soy yo la que canta con ella. O sola.

            Sin embargo, de lo que más me acuerdo es de los viajes. Su silueta recortada contra el parabrisas y yo pidiéndole mi repertorio favorito de canciones infantiles. Ya sabeis, de esas que se llevan en un casete a los pies del asiento del coche, o en la guantera. Yo coleccionaba esas canciones y después las repetía hasta la saciedad, sin saber todavía que un fa no era lo mismo que un do. Sólo los niños se atreven a cantar así. Bueno, los niños y mi padre, creo yo, cuyo mayor talento jamás fue la música. Pero sí que ha sabido siempre ser un niño. La de veces que le he visto balancearse en los columpios, de vuelta a la infancia. (Creo que alguna de esas veces me prometí no dejar de balancearme nunca).

            También en los columpios he cantado. Una vez me dijeron que parecía un musical andante, que tenía banda sonora incorporada. Y tenía razón. Siempre he tenido canciones. En el fondo todos vamos recogiendo la banda sonora de nuestra vida.

            Recuerdo también una tarde en casa de África, cuando ella y yo aun nos parecíamos, que pusimos las cuatro estaciones de Vivaldi y nos sentamos con la espalda apoyada contra la pared y, cerrando los ojos, jugamos a imaginarnos cosas imposibles a través de las notas.

            Si tuviera que elegir dos canciones de aquel entonces dos canciones, la primera de la que tendría que hablaros sería de la Nana del Ogro. Y para hablaros de la Nana del Ogro tendría que hablaros de Joaquim. Joaquim nació exactamente seis meses antes que yo. Siempre fuimos algo así como hermanos o primos. En realidad yo le envidiaba. Él tenía la capacidad de encontrar fósiles, setas, secretos increíbles –o lo que yo siempre creí secretos increíbles- donde nadie más lo hacía. Tenía la habilidad de dibujar un alien empezando por la pierna, con todo lujo de detalles. Y además, siempre tenía las más maravillosas construcciones de lego, desde naves espaciales a castillos de cuento. Ahora que su vida se aleja un poco más de la mía, yo todavía recuerdo cuando en esos viajes que hacíamos (y todavía hacemos) su familia y la mía juntos, pedíamos, rogábamos y suplicábamos, hasta volvernos insoportables, que nos pusieran una vez más en el casete la Nana del Ogro. La Nana del Ogro, donde las hadas y las sirenas se marchaban lejos, y las brujas y los duendes venían a arroparte por las noches.

            Sin embargo, la Nana del Ogro no era, ni por asomo, una canción para dormir. Para eso ya tenía otra canción.

            -Mamá, cántamela

            Y ella lo hacía.

            A mí me gustaba esa canción porque levaba mi nombre por título, porque hablaba de pájaros, de estrellas y de viajes y porque mamá la cantaba tan bien que más que dormir, se me abrían mucho los ojos y la sonrisa bajo las sábanas. Lluis Llach me había regalado una canción con mi nombre. Y era tan bonita.

            Así que sí, tengo cierta debilidad por los musicales, por cantar a todas horas y por ponerle ciertas canciones a mis momentos preferidos.

            Ahora me he restringido algunas melodías, pero pronto volveré a cantarlas. También he descubierto otras canciones nuevas entre las palabras de alguna noche de cine, sombreros y café. Y he vuelto a escuchar Laura de Lluis Llach.

Necesito encontrar como sea la nana del Ogro.

            Y, en fin, tal vez un día de estos camine despacio mientras canto, vaya elevando alguna canción en mi cabeza junto con alguna cometa, o duerma en el suelo dejando que se extinga poco a poco mi voz.

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(no subject) [Jan. 16th, 2008|10:59 pm]
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"Dar algo que no se tiene
a alguien que no lo necesita"

En realidad no se parecen. A primera vista se ven completamente distintos. Y después no imaginas al uno sin el otro. Y he pasado largos cafés y caminatas con ambos, por separado. El café tiene paredes rojas y naranjas que se tragan la luz mortecina de las bombillas, la música no te rompe los tímpanos, un perro sordo deambula entre las mesas y la cerveza ya no sabe tan mal. Lo que importa, sin embargo, son las mesas de las esquinas, con la calle tras el cristal, con las manos humeantes y las palabras todavía palpitando.
Se nos pasa allí la cena y “uy, ya son las 11, me van a matar en casa”. Pero no importa demasiado, porque entre los cuadros, carteles y posters, entre el olor a tabaco, el ruido de la cafetera y las tertulias calmadas (o no tanto), el mundo es un poco nuestro y la torpeza adquiere sentido, el tiempo se pone de nuestra parte y sí, salimos ganando, porque al final todos se salvan.
Después la calle te golpea, las baldosas se rebelan y las enumeras, una detrás de otra, como un sortilegio para contrarrestar al suelo. Pero no importa. No cuando París se asoma en sus ojos, no cuando la poesía se lee en voz alta y la vida es un poco un cuento sin normas preestablecidas. Sin príncipes azules, ni princesas color de rosa, sino cualquier otro color, verdes, rojos, naranjas, púrpura. Con ranas y dragones. Y alguna que otra bruja de sombrero picudo y feliz, tal vez.
Quizá lo imaginen, o no, pero es esa sensación de pronto, esa calidez que te invade y te planta una sonrisa sin quererlo. Es agradecimiento, o tal vez no. Tampoco hay palabras exactas. Hay muchas clases de amor, dicen. Y querer en latín significa buscar. Y descubrir que la luz no se extingue.

Que quizá no sea verdad, pero es esa sensación. De reivindicar el derecho a ser desgraciados y pedir  -tan, tan bajito, que apenas no se oye- ser felices, un poco, a pesar de ello. Es una certeza repentina, la certeza en la incertidumbre. La magia y los unicornios, el secreto de saberte valiente y expuesta, niña con mallas verdes y sombrero de paja, varita en mano y los pies descalzos, las rodillas magulladas, las uñas sucias y las mejillas, bueno, como se supone que son las mejillas de los niños que todavía se creen inmortales, infinitos. El secreto de saberte paralela en enero, aguardando para marzo, recordando septiembre, julio, abril –tan nuestro- y octubre –oh, vaya, octubre, aquella mañana, y yo sin saberlo todavía-. El secreto de saberte real en el tren, imaginaria en la estación. Los viajes, las canciones. Ella. Nunca lo diré lo suficiente. Ella. Estar cerca, Aquí y Ahora. Y siempre, que no es tiempo suficiente.
El secreto. Callado a gritos y pintado en la cara, sin maquillaje, sin adornos, repleto de imperfecciones. Guárdame el secreto y si quieres, sólo si realmente así lo quieres dilo, muy bajito, en un susurro al oído, mientras duermen las almohadas, si decides que así sea. Dilo fuerte, con el infinito cerca, con letra segura y caligrafía torpe, dilo sin más. El secreto de pertenecer un poco a los demás, y yo en ti, yo en ella, yo en las pequeñas, yo en ellos dos, yo en vosotros, claro, todos vosotros. Porque sí, las personas se pertenecen las unas y las otras al fin y al cabo.

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(no subject) [Jan. 11th, 2008|01:25 am]
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Reivindico mi derecho a ser desgraciada... y feliz
reclamo la lluvia
mi bicicleta, y el rio
el bosque, desde fuera y desde dentro
lo dificil por encima de lo fácil.

Malditos sean los caminos fáciles.

Que también se cuente la historia de quienes se quedan queriendo solos.
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(no subject) [Jan. 6th, 2008|09:35 pm]
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Primero fue la niebla. El tren se había parado en mitad de la nada, y cuando digo nada, quiero decir que no podía ver más que un pedazo de suelo a través de la ventana. Niebla, qué cosas. Justo ese día. Vaya. Tenía que ser así. Claro. Estuve segura de que estaba allí sólo por mí, sólo porque yo iba allí. Niebla para caminar despacio, para los mitos. Y para acordarme.

         Intenté memorizarle allí, nada más bajar del tren, junto a la escalera, dejando que el frío se colara bajo su chaqueta. “Porque me gusta el frío. El invierno es mi estación preferida”. Vale, calma, ahora no te atropelles, sólo memorízale, sólo permítete ser egoísta un rato. Después, en la parada del autobús, acabamos cantando esa canción que es un poco nuestra. – Y que no creo que se sepa mucha más gente -. Yo tenía las manos cada vez más frías. Él acabó llevando mi maleta. Yo me fui desorientando. Él hablando de hachas y enanos. Y llegó ella.

         Llegó ella, brillante, salvadora, como la heroína manga que es. Porque con ella todo sería mejor, y el año acababa de empezar, por diosa, estábamos a 1 de enero, empezaba el año. Dosmilhachi. Lo empezábamos juntas. Lo empezábamos completas, redondas, circulares, y sólo por eso tendría que ser un buen año. Sólo por eso será un buen año. Claro que sí. Ya lo sabe. Better Together. Lo dice nuestra canción. Y lo dice ella cuando ríe y nosotras cuando representamos una fauna entera a la hora de cenar. Nosotras viendo anime por las noches hasta altas horas de la madrugada y siendo, cada una, la mitad de su cama de 135. Nosotras y el desayuno de once galletas, ni una más, ni una menos, once exactamente.

         Definitivamente, el tren se ha convertido en un elemento importante en mi vida, en las nuestras, vaya. Y en tren fuimos a Ávila. Viajar juntas, juntos, es un poco imaginarnos recorriendo Europa, y mirar mapas repasando el trayecto con el dedo, muy despacio, recitando cada lugar que podríamos pisar, y excederme un poco. Pero para qué la imaginación si no puedo excederme todo aquello que pueda y más. El tren. Y su hombro. Su cabeza, tan cerca. La música. Y “¿te molesto?” “para nada, ¿soy cómodo?”. Y ya está, porque no podía hacerle (hacerme) eso. No ahora. Porque después tal vez tenga que obligarme a olvidar. Noquieroamnesia.

         Después fue hablar de murallas, castillos, dragones, mapas para perderse, tiovivos, vistas desde las alturas y nieve. Claro que nieve. Tenía que haber nevar para nosotros nada más. No podría haber sido de otra manera. Nos lo dijo abril de perfil, y enero era nuestro. También el oso, el pollo y la nube. Papiroflexia, cubos de rubik y caleidoscopios. Chocolate, capuccinos y las bufandas. El atardecer desde las escaleras. Y el tren. Ojalá también se hubiese parado en mitad de ninguna parte. Ojalá también nos hubiese dado ventaja. Pero –y nosotras lo sabemos bien, todo sea dicho,- somos, a fin de cuentas, de espaldas al tiempo. Existimos de espaldas al tiempo. De espaldas al a distancia. La ventaja siempre fue nuestra.

         Ella y yo, tan completas, redondas, circulares, sin esquinas y juntas. También ilegales, caminando despacio, el frío, el invierno, campo grande, los bocadillos, el manga. Y no se si sabe todavía lo suficiente, cuánto la quiero. Es tan fácil con ella. Cuando cogemos el autobús y trato de memorizar el paisaje, o cuando caminamos, y memorizo el camino, para luego ser otra vez incapaz de orientarme, pero es que no puedo evitar acabar sin saber exactamente por dónde es. Es normal, porque sin ella me pierdo. Sin ella acabaría perdida del todo.

         El último día fue la película. Esa película. Esa frase. Y “traerte aquí pasando sólo una página” porque “suelo adivinar lo que la gente necesita, pero sólo esta vez”. Y las canciones. Cómo iba a olvidarme de las canciones. Yo y mi obsesión por cantar a todas horas. Y vaya, se nos hace tarde. Y se acaba. Porque hay que coger un tren y enfrentarse al miedo y la tensión. Pero al menos voy cargada de valor. Valor y miedo a la vez, pero valor a fin de cuentas, es extraño. Y un abrazo, y nos vemos en marzo –más y mejor-. Y él levantándome por los aires. Después ella y yo conversando sin palabras, las vidas antes de ser cactus y “hasta esa calle al girar a la derecha no hablaré”. Y caminando a marcha mora, que si quiero puedo ser pájaro y gaviota, lémur, dragón, Tenma, caballero andante, gato y todo lo que se nos pueda ocurrir. Que si queremos podemos ser todo y más.

         Y me voy con niebla. Una poquita niebla de despedida.

         Y me voy con marzo en la cabeza.

           

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¡Valor! [Dec. 28th, 2007|06:57 pm]
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(no subject) [Dec. 19th, 2007|01:45 pm]
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Feliz Navidad a ti también, Cosa. :)


Por la mañana, cinco minutos antes de salir a la calle, desayuno. Nunca desayuno lo primero de todo, a no ser que sea fin de semana. Y por eso nunca son desayunos de verdad. El día no parece empezar del todo así. Con ella, contigo, en cambio, el día comienza con el desayuno. Y los días no acaban. Porque contigo, Cosa, los días son circulares. Nosotras somos circulares, redondas, completas. Ella tiene un ritual de desayuno, tienen que ser siempre once galletas, o siete si hay mucha prisa. Entonces el día se ordena, se estructura, como quien construye una torre con fichas de dominó para lanzarse contra ella y reír ante el desorden. Nosotras, cuando somos en plural, tenemos un poco de ese Caos, pero antes hay que prepararlo bien, y ella lo hace con sus once galletas. Las once galletas son importates. Y me gustan esos desayunos, cuando nos sentamos en la mesa redonda o cuadrada, depende de quién sea la visitante esa vez, y todavía es temprano -no importa la hora que sea-. Ella se despierta despeinada - no se da cuenta pero parece más Amélie que nunca- y busca las gafas que posiblemente hallan desaparecido por algún agujero negro y reaparezcan más tarde. Y las once galletas, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, una, dan el disparo de salida. Ahí comenzamos. No sabes cuánto me acuerdo de ti en los desayunos. Ya ves, qué cosa tan tonta. Pero es que, en realidad, me acuerdo de ti casi todo el tiempo. Menos, claro, cuando somos 135, del todo, mitad más mitad. Entonces es cuando no echo tanto de menos los desayunos.
Y hay más cosas, claro. La mayoría de los días repaso las fotos que tomamos cada vez. Aquellas durante nuestro viaje al pasado, las otras, en las que salimos comiendo helado de nueces de macadamia, o construyendo castillos en la playa, echadas en el cesped, comiendo en la taberna encantada, tiradas bajo el sol en el Gulliver.
Y bueno, también repaso otras cosas que no son fotos. Repaso nuestras canciones y nuestras frases favoritas. Aquellas que hablan de nosotras, cuando eres espectáculo y siempre es better together, cuando llega el tiempo de alargarse la sonrisa y sacudirse la distancia, cuando sabemos el secreto para estar juntas -entre el Aquí y el Ahora-, y Ningún Lugar Está Lejos.  Porque los raíles de los trenes van paralelos.También esas palabras que escribe ella, porque joderquébienescribe, y que, en cierta forma, me regala y regala al mundo. Cuando nuestros libros favoritos son los que nos dieron a conocer.
Creo que se lo he contado alguna vez. La primera vez que la conocí no fue más que un nombre en la pantalla del ordenador. Un nombre importante, claro. Un nombre de heroína manga, que es lo que es ella. Mi heroína manga. Después fue aquel verano, si, creo que fue aquel verano. Se marchó a Malta y empecé a echarla de menos, y ya no pude parar de hacerlo. Menos cuando estamos juntas, claro. Incluso aunque echándonos de menos estemos juntas. No se si lo sabe pero yo la admiraba como a nadie. Y todavía lo hago. Porque es una de esas personas únicas en el mundo. Aunque suena a tópico. Pero ella es única. Es única haga lo que haga. Y todo lo que haga hará mi mundo un poco mejor. Porque ella hará mi mundo un poco mejor. Aunque sea egoista pensarlo así. Y porque ella es valiente, mucho más valiente de lo que yo jamás fui. Ánimo, valiente. Es ese valor que sólo tienen los niños cuando todavía el mundo les resulta nuevo. Esa clase de valor es ella.
Después del verano vino abril, y la encontré frente al castillo, caminando, detrás de todas las llamadas telefónicas, ríendo durante horas por las tardes, sentada en el suelo de mi habitación y todas las cartas, de hasta 23 páginas, guardadas en mi escritorio -y que todavía saco de vez en cuando para releer-. Ella y yo. Nosotras. Y el comienzo de -permitidme decirlo así- nuestras aventuras. Porque sí. Porque vámonos a Islandia. Porque todas las aves nos transportan. Porque algún día interrail. Por eso. Porque también somos exploradoras del mundo. Y yo de mayor quiero ser exploradora y si es con ella será todo mejor. Porque si es con ella nada puede ir mal. Porque quiero sacar más fotos a su sonrisa. 
Cosa también es Cereza. Ha tenido y tiene otros nombres. Es Irene, es mi mitad, es la última pieza del rompecabezas, el último número del sudoku. Y yo soy un poco ella, igual que ella es un poco yo -por algo dice todo el mundo que nos parecemos-. Y, a fin de cuentas, mi nombre es ese que tú me has dado. Si yo soy Postal es por ella.
Porque dirá el mundo lo que quiera y pasará lo que pase, pero yo tengo una mitad repartida por el mundo. Una única mitad. Y si no fuera así no se qué haría.

M i  m i t a d
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(no subject) [Dec. 2nd, 2007|01:16 pm]
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Puesto que la señorita

forsak  me amedrenta a hacer esto, yo también voy a poner aquí una pequeña lista de regalos de Navidad, por muy mentira que sea la Navidad:

 

 

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(no subject) [Nov. 28th, 2007|09:38 am]
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 De lunes a miércoles me levanto todavía temprano. A eso de las 8 me pongo en funcionamiento -nunca del todo, por si acaso-. Y Otto me muerde los talones mientras voy al cuarto de baño. Después se tumba sobre el cojín o entra a hurtadillas en alguna habitación y consigue hacerse con alguna pieza de ropa para sentirse un poco más cerca de nosotros. Yo se la quito, claro, porque necesito mi ropa. Y mientras duerme le acaricio la tripa y me sorprendo pensando cómo es posible que una criatura así esté tan viva. O viva, simplemente. Porque vivir es una palabra infinita y breve a la vez. A las 8:30 ya estoy desayunando. Leche con galletas campurrianas, claro. Pero también desayuno el recuerdo de sus once galletas. Aquellos desayunos. Y echo de menos.

Los lunes, a las 9, me hablan sobre lo qué es el ser humano. O lo que se ha creido que es a lo largo del tiempo. El profesor grita de emoción -a veces da miedo-. Pero a lo tonto, se convierte en mi asignatura preferida. Después, tengo lógica. Y me asusto porque no entiendo nada. (No sé a quién se le ocurriría ese nombre para esa asignatura). Otras veces sonrío con satisfacción porque he conseguido entenderlo. A la 1 me marcho a casa y espero. Tejo o leo. Y por la tarde me propongo pasar apuntes a limpio o estudiar un poco. 

Los martes, al as 9, nos balanceamos entre la libertad y el determinismo. Teorías de la libertad se llama. Y es una lástima que en febrero se acabe la asignatura. Porque es preciosa. Y nunca acabamos de decidir si hay libertad o no la hay. Ontológicamente libres. Libertad determinada por agentes externos. O  internos. Libertades políticas y sociales. Libertades individuales. A las 11 acabo. Bajo las escaleras y me compro mis rosquilletas de rigor. Cruzo la avenida y camino por el jardín de la facultad hasta la cafetería. Me pido mi zumo, también de rigor. Saco el bocadillo. Y almuerzo. Después vengo aquí. A la biblioteca. Y me dejo encandilar por las escaleras que se deslizan en las estanterías. Vuelvo a la cafetería y vamos hacia prácticas de lógica. Las dudas se me acumulan y en una hora no da tiempo para resolver todas las deducciones lógicas que no había conseguido saber hacer. Joder, qué complicada es la lógica. Pero no importa. A las 2 vuelvo a casa y Otto viene a recibirme a la puerta. A las 4, badminton. Y a las 6 me marcho hacia la poesía. Empieza a las 6. Hablamos de poetas, decidimos qué es poesía y qué no es poesía, después intentamos ser poetas nosotros, nos leemos y nos corregimos. Lo normal es que a las 9 estemos saliendo. Y entonces vamos al café de siempre. De paredes rojas y naranjas. De noches de viernes riendo en la mesa del fondo. A las 9:30 procuro volver a casa que la cena ya me está esperando.

Los miércoles, como hoy, vengo a que me cuenten de filósofos de la antiguedad. Del paso del mito al logos. Y es descubrir porqué hoy somos como somos y pensamos como pensamos. Acabo a las 11 y me marcho a casa o a la biblioteca. Pasaría horas en la biblioteca. Por la tarde, a eso de las 6, vuelvo a estar allí, tratando de descubrir qué es la belleza, lo estético, la fealdad. Me descubro reestructurándome y restructurando el mundo ante mis ojos. Aunque siempre pensé que la belleza era para aquel que mira. Diferente para cada uno. Y otros se dejan llevar por cánones impuestos. La parada de los monstruos. A las 8 está Otto de nuevo esperando en la puerta.

Los jueves no me levanto hasta las 10, si puedo. Entonces Otto está jugando en el patio y limpian la cocina. Yo me marcho lo antes posible, pero siempre acaban siendo 10 o 5 minutos antes de las 11. Cuando empieza la clase de ética y nos reimos con el profesor. Lo que ocurre es que tres horas de ética son duras. Pero aguantamos como podemos. Salgo a las 2. Badminton a las 4. Y acaba..

Sin embargo los viernes voy al instituto a la hora del patio. Las visito a ellas porque las echo de menos. Hablo con los profesores. Y me acuerdo. Como siempre me acuerdo. De cuando es octubre y el reloj de la estación es nuestro cómplice. De septiembre, julio, abril. Miro el calendario y fijo la vista en marzo. 20 de marzo, quizá antes. También me acuerdo de los pasillos y las escaleras. Después repito para mi algunas palabras que había guardado. Proyecto fotogramas en la memoría. Segunda persona del plurar. Tercera del singular. Primera del plural. Segunda del singular. Y tercera del plural, pero sólo un poco. Todo.

Después el fin de semana.

Y vuelve a ser lunes, de nuevo.

Quedan las noches, claro. Pero las noches,como los mediodías, son para no tener que echar de menos. Y hacerlo más, inevitablemente. 

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(no subject) [Nov. 18th, 2007|12:08 pm]
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Ahora tiendo a acordarme mucho. Es que ya casi ha pasado un año, y hace tanto que no les veo. Vale, se convirtieron en mis vidas cruzadas. Me dolió tanto tiempo. Aquellos gritos en el pasillo, yo tirada en un rincón y llorando -si, al menos entonces aprendí a llorar de nuevo-, ella en el baño, los silencios y las miradas -o yo, sin querer mirar-. Qué tontos fuimos. Ahora lo sabemos. Por lo menos yo lo se. Pero no hay vuelta de hoja, aunque sí nuevas palabras. Y eso lo sabéis. Porque hasta ella ha aprendido a perdonar(me). Qué tontos fuimos. Pienso que algún día he de llamarles y preguntarles qué tal están, cómo les va todo, y a ver si quedamos un día aunque sólo sea por todo aquello. Por antes de febrero. Maldito febrero. Qué tontos fuimos. Sólo un día, claro. No pretendo que nada vuelva a ser como antes. Eso es absurdo. Las cosas no pueden ser nunca como antes. Sería como intentar respirar bajo el agua. Pero sólo una tarde. Para preguntarles qué tal están, cómo les va todo. Para decirles lo tontos que fuimos. Para no decirles lo culpable que me sentí. Para que no me dijeran que no pensaban que era culpa mía. Para reirnos una vez más, haciendo sonar, muy bajito, en la risa, lo tontos que fuimos. Qué tontos fuimos. 

Llevo varios días intentando escribir esto. Me cuesta decidir. Ya sabéis. Un breve resumen. Aunque el problema no es ese. El problema es que quería dedicarle esto a un reloj. Y nunca me gustaron los relojes. Pero a este le daré una tregua. Porque no mide el tiempo, mide las esperas, la certeza o la incertidumbre, los reencuentros, los abrazos, los trenes. Estaciones de paso, que dicen. Llegadas y salidas. Los viajes. O el encuentro tras el viaje en autobús. Porque el mejor rato de ir allí es justo antes. Tal vez esté feo que lo diga. Pero lo es. Es así. El camino de la parada de autobús al cobijo del reloj, con el mundo ralentizado por fuera. Ya os dije que me perdí. Lo que no os dije es que me encontré de repente en otro mundo, como si hubiera atravesado una gran ventana invisible en el aire. Lo noté de repente. El ritmo ajetreado del centro de repente se detuvo en una calle, en un paréntesis, donde la gente caminaba despacio, a cámara lenta. Y eso se contagiaba. Empezaban la calle algo más deprisa, todavía con esa aceleración de las calles céntricas, y poco a poco se iban ralentizando, como una película muda pasada muy despacio por el reproductor. Ellos no sabían por qué ocurría esto, pero yo si: era por el reloj de la estación. Estoy tan segura. Fue el reloj, y se notaba. Llegué allí, de nuevo allí, otra vez, como tantas otras, e igual que las otras, esas veces, porque sólo ocurre algunas veces, sólo son algunas veces -el mar de mi ventana se funde con la arena de tu casa-. Y se notaba, el reloj mirándome como un fugitivo, con una especie de guiño cómplice en las manecillas, dándome diez minutos de ventaja. El reloj dio el disparo de salida. Alguien echó a correr y saltó sobre otro alguien a abrazarlo, una chica esperaba con las bolsas y maletas impaciente en el centro del lugar, alguien entró por el aparcamiento en bicicleta y los grupos de amigos se iban reuniendo bajo las puertas que daban paso a las taquillas y después a los andenes. Me senté, como hago últimamente, en el bordillo de la farola y miré al hueco a mi lado. Me había dicho que vendría conmigo, así que pro fuerza tenía que estar allí, sentada a mi lado. El reloj también lo sabía. Le miré. Habían pasado 5 minutos de la hora acordada. Pero no importaba. Cómo iba a importar. Los minutos ya no contaban, y él lo sabía. Y yo ya casi podía verlas llegando, mirando a los lados, dando conmigo -con nosotras- y lanzándose al abrazo. Esos abrazos que sólo ellas saben dar. Lo pensé despacio, en  voz baja, por si acaso, que me querían, las tres, y yo las quería tanto, eso era suficiente, pero quizás yo no fuera suficiente. Total, la tarde detenida allí, en un reloj para el que no cuenta el tiempo, y después nosotras y lo imprevisible, la sorpresa, el asombro. Nosotras descubriendo que la luna era un satélite, hablando a su figura invisible, pero presente, riendo en la mesa con un ejército destruido por robots, el café, los refrescos y las patatas. Yo pensando en el reloj. Ese reloj que marcaba la impaciencia, la tarde, algunas mañanas de sábado, los pellizcos para recordar, los avisos de llegadas, las esperas, la torpeza del encuentro, del reencuentro. El reloj de la estación, ya lo sabéis, no marca el tiempo.

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(no subject) [Nov. 9th, 2007|09:13 am]
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Es como caminar despacio. Porque cuando voy sola y no llueve ni hay niebla no me suele salir caminar despacio, me vuelvo torpe, insegura, miro hacia los lados y echo a andar, lo más rápido que puedo. Y luego están esos días de caminar despacio, sábados por la mañana o viernes completos, martes de poesía e incluso las semanas corriendo detrás del autobús son de caminar despacio. Lo cual no quiere decir que se camine necesariamente más despacio que cuando caminas deprisa. Pero se nota. Caminas despacio. Segura. Sorprendentemente ágil. Y te vuelves acróbata en la acera. Sin miedo. Saltando sobre la pista. Sin red. Y corres -caminando despacio- para hacer una foto un poco más adelante. Te paras. Te giras. Sonríes. Dejas que te abracen y abrazas. Dices tonterías -siempre me gustó la palabra "tonterías"-. Ríes. Cantas. Y todavía caminas despacio. Sin necesidad de lluvia ni niebla. Sin lluvia. Porque la lluvia es lo más parecido a caminar despacio. Llueve y te dejas llevar por el sonido de las gotas golpeando el paraguas. O llueve y corres bajo la lluvia hasta que la risa aflora y te das cuenta. Y caminas despacio. Incluso cuando caminas deprisa. Porque caminar despacio no quiere decir que se camine necesariamente más despacio que cuando caminas deprisa. Y está la niebla. Ah, cómo echo de menos la niebla. Hoy sólo recuerdo dos días de niebla, días adivinanza. El primero fue la primera. ¿Oye, papá, entonces eso es una nube que ha bajado hasta aquí? Sí, eso es. Pero no podemos cogerla. No, porque las nubes no son sólidas. ¿Y para qué ha bajado? Yo necesitaba mi explicación mitológica. La historia de una nube que necesitaba sentirse caminar por la ciudad, tal vez. Ah, cómo echo de menos la niebla. La segunda fue hace un año, el 31 de octubre por la mañana. La sensación de que si caminaba lo suficientemente despacio no me se quedarían lejos del todo. Pero a veces no es suficiente. Aquella vez no lo fue. Qué cosa tan tonta. Y yo queriendo una varita mágica. (Y consiguiéndola en abril. Nuestro abril de perfil). La cuestión es que echo de menos la niebla. Y al final me la van a tener que traer metida en un tarro -y ese tarro en un tarro-. Ojalá. Entonces caminaré despacio. Con el tarro de niebla entre las manos. Con las manos frías. Los pies seguros. Entonces caminaré despacio. Como cuando somos infinitas y caminamos despacio. Con esas personas que son como caminar despacio. Lo cual no quiere decir que se camine necesariamente más despacio que cuando caminas deprisa. Es como caminar despacio.
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(no subject) [Oct. 31st, 2007|08:29 pm]
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Tengo que recordármelo cada día un poquito. Decirme algunas palabras amables. Sonreír a la gente que pasa por la calle. Asegurarme de si está nublado. Comprobar en el reflejo de un cristal de escaparate si camino sin saltar demasiado. Estrujarme las manos como cuando se enjuaga una esponja para que caiga la inseguridad por el desagüe. Buscar con cuidado palabras menos torpes. Recoger las pesadillas que quedan junto a la cama los lunes, tan temprano. Enfundarme en mi armadura de tela y metal -la chaqueta verde y las chapas de Amélie, Le Petit Prince, Peter Pan, alguna marioneta amarilla-, un poco más protegida, un poco más cerca.

Sin embargo, hay días que no hace falta que me lo recuerde. Ya lo llevo conmigo. Es esa calidez que viene de muy adentro. Es esa sensación de sábado por la mañana temprano, de café y zumos, de abrazos bajo el reloj de la estación. Los pasos en las calles y yo detrás de la cámara, o algún vídeo en el restaurante. Las sentadas en los portales y los palillos partiéndose. Clac. Y qué importa la suerte si los partíamos todos juntos. Clac. Sábados circulares. Clac. Octubre en tres días. Clac. La noche, la mañana, el autobús esperando, los almendros en el objetivo, las parras tan rojas. Clac. Porque no les dolería, porque muy pronto volverían a reunirse, porque todo saldría bien. Clac.


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Escuchar. [Oct. 21st, 2007|01:21 am]
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Els indis senten els trens de ben lluny, abans que arribin a aquell lloc. Només cal que posin una orella als rails. No hi ha rails allà, posen l'orella a terra. Naturalment, no senten cap tren sinó, per exemple, un genet que fa temps que esperen o un ramat de búfals. Si no hi ha res fent camí cap allà, no senten res.
Però això és poc freqüent.
Hi havia una vegada un indi que es deia Sent-créiser-l'herba i que sentia créixer l'erba. Només li calia posar l'orella a terra.
El que sentia no era cap remor, cap cruixit, cap espetec, no era res de tot això, de sobte era tot i completament diferent. Era un fort pessigolleig a l'orella de l0indi, però no era gaire precís. Sent-créixer-l'herba reia quan sentia aquest pessigolleig.
S'aixecava i deia als altres indis:
-L'herba creix!
Sent-créixer-l'herba no va rebre cap resposta perquè els indis són silenciosos.

Quan el món encara era jove - Jürg Schubiger


Los indios escuchan los trenes desde bien lejos, antse que lleguen a ese lugar. Sólo hace falta que pongan una oreja en los raíles. No hay raíles allí, ponen la oreja sobre tierra. Naturalmente, no escuchan ningún tren sino, por ejemplo, un jinete al que hacía tiempo ue esperaban o una manada de búfalos. Si no hay nada caminando hacía allá, no escuchan nada.
Pero eso es poco frecuente.
Había una vez un indio que se llamaba Escucha-crecer-la-hierba y que escuchaba crecer la hierba. Sólo necesitaba poner la oreja sobre tierra.
Lo que sentía no era ningún rumor, ningún crujido, ningún chasquido, no era nada de todo eso, de repente era todo y completamente diferente. Era un fuerte cosquilleo en la oreja del indio, pero no demasiado preciso. Escucha-crecer-la-hierba reía cuando sentía este cosquilleo.
Se levantaba y decía a los otros indios:
- ¡La hierba crece!
Escucha-crecer-la-hierba no recibió ninguna respuesta porque los indios son silenciosos.


Cuando el mundo era joven todavía - Jürg Schubiger
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L'elefant. [Oct. 13th, 2007|03:28 pm]
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"Va venir un elefant, ja no em recordo d'on. I he oblidat on anava. El seu nom sonava tan estrany que jo no el podia recordar. Però és segur que venia d'algun lloc i anava a algun lloc. I tambié és segur que era un elefant. Per tant, és segur que era un elefant, sol i gris, que venia i anava a peu. Aquest era d'alguna manera el cor del conte de l'elefant. I al mig d'aquest cor, això ho sé, hi havia una cosa tan incrompensiblement dificil y fosca que no podria explicar-la encara que volgués."


Quan el món encara era jove - Jürg Schubiger

"Vino un elefante, ya no recuerdo de dónde. Y he olvidado a dónde iba. Su nombre  sonaba tan extraño que yo no lo podía recordar. Pero es seguro que venía de algún sitio e iba a algún sitio. Y también es seguro que era un elefante. Por lo tanto, es seguro que era un elefante, solo y gris, que venía e iba a pie. Este era de alguna forma el corazón del cuento del elefante. Y en medio de este corazón, esto lo sé, había una cosa tan incomprensiblemente dificil y oscura que no podría explicarla aunque quisiera."


Cuando el mundo era joven todavía - Jürg Schubiger

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(no subject) [Oct. 8th, 2007|08:20 pm]
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A veces parece que no hay forma de ayudar, que nunca es suficiente, que no sirvo, que no funciono, que no es como debería ser. A veces decido desaparecer y dejarme ver sin estar. A veces no lo decido, pero ocurre. A veces parece que es más fácil, que el valor está ahí para quien quiera tomarlo, que por muy cobardes que seamos el valor podemos cogerlo, siempre, tal vez. A veces no se si mirar al frente o a las baldosas del suelo. A veces no lo consigo. A veces debo ser lo más torpe que existe. A veces quisiera. Y a veces desisto.
Otras veces no pregunto y no obligo. Y a veces es siempre por qué. Porque otras veces no lo entiendo. Y otras veces me doy tiempo. O sólo cuerda.

En cambio, la mayoría de veces me acuerdo. A veces son las noches riendo al techo. Esas veces. La mitad de 135. Las carreras hasta el autobús. Los mapas y las excursiones turísticas. Otras veces son abrazos en la estación, bajo el reloj, claro. Tardes de granizado y libros. Pequeñas. Otras veces son la plaza y los bancos, las canciones y los patines. También hay veces que es café y palabras.

Quedan esas veces que es la casa vieja, el pasillo hacía hacia el final un giro de noventa grados, al fondo mi cuarto, y al a izquierda el de mis padres. El calendario con las estaciones pintadas sobre la madera, otoño, invierno, primavera, verano. Abril, julio, octubre. Y en la habitación de mis padres, detrás de la puerta, el escritorio negro y blanco, no especialmente bonito, pero siempre lleno de cosas. Yo, de niña, abriendo los cajones, revisando las cartas viejas que mamá todavía guarda, los papeles con poemas, un muñeco desgastado y las cajas, sobretodo las cajas, las cajas de limpieza de primavera, como las mías, las cajas con cerillas dentro, con cintas del pelo, con pines, con retales, con recortes de periódico. Cajas de madera, cajas de cartón, cajas de lata de galletas. Cajas para guardar lo que hay que guardar y lo que no. A veces descubrirme volviendo al pasado volviendo a abrir las mismas cajas. A veces volver. A veces sorprenderme. A veces asustarme. A veces vértigo. A veces ser valiente. A veces octubre.

A veces y últimamente.

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(no subject) [Oct. 5th, 2007|11:52 am]
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Las nueve menos diez y los ojos todavía dormidos.
- Está lloviendo.
- Si, pero es que es octubre.

Porque octubre tenía que venir con lluvia. Porque es octubre y llueve, dije hace un año. Porque es otoño otra vez. Por eso.
Pero llevaba un tiempo fuera y no se exactamente por qué. Creo que no acabo de volver. Y es que no acabo de acostumbrarme a vivir sobre este nuevo asfalto cada mañana. Y sin embargo, le estoy cogiendo el regustillo a los lunes, martes, miércoles, así porque si. O no sólo porque sí, vaya.
Que echo de menos. Que las clases son grandes y desde las ventanas se ven los árboles de la avenida y también la lluvia. Que me gustan las mesas de la cafetería, pero los pupitres me resultan incomodísimos. Que estar haciendo la carrera de filosofía todavía se me hace extraño y maravilloso. Que me gusta hacer visitas espontáneas a otras facultades pero no me acaba de apetecer salir por las noches. Que tengo ya demasiados libros que leer, trabajos que hacer y exponer, y no se si voy a ser capaz. Pero tengo que intentarlo. Tomar el valor de un trago.
Que sí, que no acabo de volver. Pero supongo que es cuestión de tiempo.
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(no subject) [Sep. 28th, 2007|09:13 am]
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Claro que no. No tenía que ser fácil. Y no lo será. Pero estoy ahí y me di cuenta el otro día, con retraso, como cuando lloro cinco minutos después de ver una película en una de esas noches que siempre echo demenos. Y me parece que lo que a mi me toca la fibra sensible es la gente que hace daño a los demás sin querer hacérselo, tengo un pequeñito historial de películas y libros llorados con esas características. No sé. Y sí, después de tres días de clase en la facultad caí en la cuenta de dónde estaba y lloré no tengo muy claro por qué exactamente, pero me sentía triste, y talveznoseasuficientementebuenaparaesto. Igualqueyanomesaleescribirbien. Pero estoy ahí. Estudiando filosofía. Y es bonito sólo porque es lo que quise hacer. Porque aprendo cosas maravillosas. Y en fin, hay que ser valientes, porque todos podemos ser valientes y el valor está ahí para quien quiera tomarlo. Ah, Peter Pan estaba espléndido.
Y será que estoy un poco asustada, peronolodiréenvozalta, porque yo también espero poder ser valiente. Que no dejaré morir a los días porque todavía lo oigo bajito -elmundoquevive-, porque las mañanas tienen ese olor a nuevo que no sabes si te acaba de gustar o no porque escuece un poco en los ojos. Que mi verano ha sido fantástico, aunque septiembre no fuera del todo septiembre, sino agosto, hacía el final, julio dejó atrás todo enero y febrero. Queellatienequeestarbienydejardemarearse. Que tengo que saber qué quiero de mi. Y encontrar(me). Que quiero marcharme y viajar. Y viajar. Aunque digáis que viajo mucho, sabéis que no es lo mismo. Marcharme y aprender a volver.

Nadie dijo que fuera fácil.
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(no subject) [Sep. 6th, 2007|09:32 pm]
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Tenía acento extranjero. No sé de dónde. Y sonreía al servir a los clientes que se sentaban en la pequeña terraza. La calle, horriblemente comercial. El tiempo, terriblemente veraniego. Mamá, Nerea y yo, increíblemente hambrientas. Ella, de pelo corto, ojos risueños, pequeña y con aspecto desordenado. Debía ser una estudiante de intercambio, beca erasmus, quizá. Se acercó a colocar el mantel de papel azul que se levantó movido por el aire. Ella nos miró con ese curioso gesto amable que llevaba puesto, como quien lleva unos pendientes.

 -El viento siempre se lleva todo.

 Y se fue. Y dejó su frase colgada de un hilo, que seguramente también debió marcharse con el viento. Y recordé algún libro. Alguna película. Algunas playas. Alguna tarde. Algún viaje. Algunas palabras. Algunas personas. Y las muchas cosas que el viento se había llevado. Y me pregunté si el viento la había traído a ella aquí. O le había quitado algo alguna vez. Porque parecía haber sentenciado algo. Parecía un pronóstico, y no de los del tiempo del que hablan los meteorólogos. Parecía un vaticinio de algo por llegar. O no. Pero allí lo dejó mientras nosotras hablábamos de bocadillos o platos combinados. Allí dejó al viento. Así que eso. Que viento.   


( Yo por otra parte resulta que tengo miedo por la operación de mañana, aunque no sea nada grave. Y me pregunto a dónde miraré mientras estoy anestesiada localmente y los médicos operan. )

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El juego otra vez. [Sep. 6th, 2007|09:00 pm]
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La pequeña Cereza y yo, tendidas en la hierba, protegiéndonos del sol de agosto, sacando una libreta, pasando un boli, y tapando lo anteriormente escrito. En fin. Nosotras. Y nuestro septiembre particular:

Cerecita - forsak

Yo - darkkaura

Decidió marchar con esa certeza de que volver sería lo único que debería buscar después.
Incluso cuando hacía frío, incluso cuando tenía miedo, la inexplicable sensación de esperanza nunca desaparecía, como un pequeño tesoro aguardando ahí, donde termina el alma.

Cerró la puerta dejando que las ausencias se abrieran camino en los pulmones.
Las ranas saltan de roca en roca – le habían dicho alguna vez -; saltan de roca en roca y nunca fijan sus ojos. Las ranas son inquietas – habían concluido-. ¿Y yo? ¿Yo soy rana? – mirada de él y sonrisa torpe, - espero que no. Si no te tendrás que ir.
-Allá vamos- murmuró.
Y a veces, sólo a veces, sonreía de medio lado, y todo comenzaba a tener sentido.

Y reinventar su vida, tejiendo lentamente todas las historias, todas las mentiras y medias verdades que le darían forma.
Cerró la ventana, suspiró, y sintiéndose tan adultamente desamparada como Wendy, se olvidó de que alguna vez tuvo una niñez, y que quiso ser Campanilla.

Y echó de menos algunas tardes, de esas cenicientas, desesperadas, tendidas ante los ojos de quien espera sentado en las horas, echado sobre los silencios, insomne al caer la noche.
Pero ambos sabían que no era suficiente, que no estaban preparados para decirse nada. No aún. Pero tal vez dentro de años, dos meses, o cinco minutos…
Descalzo ante el suelo helado y pensando “si acaso alguna vez…”
Estoy harta de contar tic-tacs, esperando a que abras otra vez esa puerta.
Porque no era el momento ni la ocasión pero… ¿qué importaba?
- ¡Vámonos a Islandia! – y todo salió bien.

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Volver. [Aug. 11th, 2007|08:18 pm]
Postal

Y dime, que precio le pondras hoy a la celicidad? Cuanto va a costar hoy una aventura entre juegos de niÑos? podra el dinero cobrarse toda la risa malgastada, las sonrisas cubiertas de polvo, de aÑos, de daÑos? cuanto suben hoy las acciones de tus dias en la memoria? Podras permitirte comprar el dolor de los pies cansados en cada paso? Y en el mercado negro se podra encontrar siquiera 10 gramos de tiempo para permitirte equivocarte? Cuantas monedas usaras para poseer unos minutos de silencio? Te saldra barata una mirada complice?


Enfrentarse a un papel en blanco, a un viaje para el retorno, a un tren de vuelta, a una verdad desconocida, a una busqueda sin objeto que buscar, a unos muros invisibles, a un pasado que nunca fue, a una ciudad sin nombre, sin memoria, solo calles donde el tiempo no pasa mas que como una ligera brisa baÑada en canales y casas de colores. 

Y al final, una suma, pero no matematica. Porque vuelvo del lugar donde no se encuentran las eÑes ni los acentos con facilidad, de un viaje que necesitaba de este retorno, de ciudades que llenan sus calles de historias por contar. Y no solo vuelvo. Sino que voy al lugar donde podemos ser una suma unica. 

Porque he echado de menos.

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(no subject) [Jul. 31st, 2007|01:00 pm]
Postal
Tenéis esa forma de arrancar sonrisas con palabras torpes, casi llanas, y de sonreir hasta desencajar gestos hace tiempo perdidos.
Sobre la mesa y la noche, el café y los cigarrillos, y un boli que pasa de mano en mano para recordarnos que los viajes no se han muerto aún y que las postales no se suicidan en los buzones sin razón.
Que no se os agote la baraja aunque el tiempo haga trampas pues sólo sin trampas se juega de verdad. y cuando la vida no va en serio se juega a ganar y su pierdes, repartes de nuevo en cada mano.

Se me derrite y entumece el verano, pero parto rumbo al frío, sólo para volver porque dejo mi mitad como referencia, en tierras de zapatillas escritas, paseos en los parques y canciones en las sábanas. Y allí apuntan todas las brújulas. Buscaré, mientras tanto, nuevos pájaros que aprovechar para mi evasión, sabiendo que las serpientes son importantes.

Ser la misma en otra parte lo cambia todo, leí una vez en un libro para niños. ¿pero cómo va a cambiarlo todo ser la misma en otra parte si a cada instante que pasa pretendo creerme diferente en el mismo lugar?
Porque las aguas de un mismo río nunca son las mismas y las ciudades sin memoria -sin nombre- se mudan de piel, de órganos, de átomos y de móleculas a cada momento.
Que dirá el tiempo lo que quiera pero el mundo es nuevo. y renace en cada millonésima de segundo que pasa.
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Como cuando la vida no iba en serio [Jul. 30th, 2007|02:30 pm]
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Rara, sí, me siento rara. Tan rara que no se no como me siento. Llevo días intentando escribir algo aquí sin ningún resultado satisfactorio. Llevo días peleando conmigo misma para tratar de encontrarme de nuevo. Tratando de sacar algo bueno de mi. Eso que veía tan claro hace apenas diez días, cuadno tenía lo que necesitaba.

Tal vez me venga bien este viaje, la carretera, la música y los libros. Ser la misma en otra parte lo cambia todo, leí en un cuento para niños, pero no se si realmente quiero marcharme. No estoy segura de nada ya. De repente soy como el anciano de la novela que estoy leyendo, se me van perdiendo cada vez más las palabras y al final sólo podré decir ¡qué curioso! y mirar con ojos tristes rendido de buscar palabras, porque las conversaciones entre poetas en los cafés, como la del mismo libro, puede que tampoco estén hechas para mi.
A lo mejor si que necesito marcharme, sólo para volver. O simplemente necesite aclarar mi lista. Hacer mi lista. O hacer muchas listas. Enumerar uno a uno cada uno de mis deseos y clasificarlos en archivadores, procurar una limpieza de primavera -aunque la primavera pasó ya hace tiempo- y reorganizar los cajones de la memoria y el ático del alma donde se guardan los secretos. Ponerle etiquetas a las cosas para no olvidar sus nombres y así no vagar por calles anónimas, sino recoger los segundos congelados, aquí el día de los jardines, aquí el azul entre los peces, aquí las noches de helado, y aquí nuestras fotos en la hierba. Y hace mucho tiempo, despedirse agitando muy fuerte los brazos hasta que se pierde la vista en el camino.
Me iré, me daré algo de tiempo -un tiempo egoista, para mí nada más- y volveré. Con algo nuevo. Espero.

Como cuando la vida no iba en serio.

Nodesesperes,notodavía.
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Mi viaje a Italia. [Jul. 6th, 2007|12:23 pm]
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Roma - Florencia     2 - VII - 07

De entre todos tus nombres y todos tus aviones de papel me quedaré con los que lanzaste hacia el olvido. Y un día los trenes sabrán llegar hacia las palabras exactas y los gestos torpes parecerán una danza amable.
Cuando el recuerdo se acerque a aquellos días, curándonos y llenando las mañanaas de terremotos, huracanes e incendios, como los juegos en el patio del colegio y las voeces llamando por nombres que parecían haberse marchado para siempre vuelvan sin querer.
Praga y Estambul quedan lejos. Y las piscinas se tragan las estrellas huyendo a donde nadie espera. Las postales se piden a domicilio.
Ahora es el momento de celebrar el carnaval en la Venecia donde los caidos poco a poco van despertando de una vida sin sueños, y los astronautas saben llegar a la luna sin cohetes, con los rumores de las bandadas de pájaros silvestres, entre estrellas y relámpagos. El tiempo y la arena nos dirá qué nos podrá quedar de todo esto, ahora que crecemos y somos más niños, y podemos, de vez en cuadno tener la lluvia en las calles y el invierno en las manos.
Y un día azul contaremos baldosas, aprenderemos a hacer equilibrios y bailaremos como trapecistas haciendo malabares con la playa y la noche, con ojos y voces en la barriga, como cosquillas en tus pies.
Te dejaré algún silencio en el contestador y marcharé hacia otros zapatos, para no penasr en nuevas derrotas plastificadas en los muros de las ciudades secretas. Y yo, preguntándome.

Génova - Barcelona - Valencia    5 - VII - 07

Ahora que todos duermen y los barcos sólo son fantasmas en las madrugadas, en tre el despertar y la vigilia surgen los fugitivos del sueño, los protegidos de la noche, sonámbulos del equilibrio. Los espectros se amontonan en  sillones, en recuerdo de todos los muertos en tiempos del érase una vez. Y se dejan morir a las estrellas y al sol en el horizonte, del que tiran, con  cuerdas invisibles, los hacedores de palabras, los nómadas sin demasiados pies en el suelo, presos de la torpeza y la incertidumbre.
Duermen en los pasillos recuerdos de voces que de alguna manera siempre vuelven aunque no de igual forma. Y en algún lugar profundo nace y muere una sonrisa cuyo halo perdura aun unos instantes después cuando se impone el mundo de los vivos ante la definitiva salida del sol.
Son esos días azules que te salvarán después aunque no lo sepas todavía. Es sólo eso. Aunque a lo mejor ellos luego no recuerden. Aunque luego la única salida sean los gatos maullando en el tejado, intentando apagar las constelaciones.

El lugar donde pierdes el sueño.


Génova 4 - VII - 07
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(no subject) [Jun. 24th, 2007|11:30 am]
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No tengo ganas. Yo lo pensé. No vayas, me dije, vas a aburrirte y a pasarlo mal. Pero el año pasado fue divertido. Pero el año pasado nada era igual. Además ya les has dicho que irías. Bueno, pues iré, entonces.
La playa estaba llena de humo, gente borracha y no sólo gente borracha. Sino una multitud inmensa de gente borracha. Así las playas dejan de ser bonitas. Si hubiésemos encontrado a K o a los tres bohemios y sus respectivas hogueras a lo mejor habría ido mejor la noche. Pero nos pasamos una hora tratando de localizar a alguien y fue imposible, así que nos sentamos en la arena donde pudimos y Sara y yo nos fuimos a bañarnos. Yo no quería mojarme del todo pero ya os digo, la cantidad de ebrios no ayudó mucho. Y sí. Saltamos las olas para pedir un deseo. Pero creo que al final olvidé pedirlo.

Así que no. No fue bonita. Así nunca nada es bonito. Me dolían los ojos del humo de las hogueras y el yodo del mar. Me gustó más la noche que nos fuimos y estábamos prácticamente solos. Teníamos nuestras antorchas y casi toda la playa para nosotros solos. De vez en cuando alguno caminaba hacia la orilla. Llovían estrellas y nosotros, tumbados unos encima de otros, mirábamos al cielo y reíamos o señalábamos las estrellas fugaces. Se veía la osa mayor, aunque es la única constelación que se reconocer además del cinturón de Orión. Esa fue una noche bonita, y llegué tarde a casa, no como esta que quise llegar incluso una hora antes de lo que habíamos acordado.

Y ahora, en cuatro días me voy a Italia. La verdad es que tengo ganas de viajar, pero así, sin mis padres. No es que sea lo mismo con el instituto, pero va a ser mi último viaje, vamos a Italia y cuando vuelva me quedará esperar tan sólo un día para que dos lineas paralelas se junten, para lograr lo imposible. Y entonces darán igual todas las noches horribles, porque las estrellas las llevamos nosotras en nuestras manos. Será la quinta vez que nos veamos. Toda una mano. Y después vendrá la primera vez que estemos todos juntos. Y eso es bonito. Será bonito. Y tengo ganas.
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No son suficiente. [Jun. 10th, 2007|01:38 pm]
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Últimamente se me pierden las palabras.
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(no subject) [Jun. 5th, 2007|01:34 pm]
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El otro día, hace ya algunas semanas, les vi marchar así, como todos los días les había visto desde aquel febrero desesperado.  Y por un momento tuve la tentación de salir corriendo hacia ellos para decirles "Adiós. Es la última vez que nos vemos saliendo de clase así. De este instituto. Esto se ha acabado. Pero espero veros por ahí. Y hablar largo y tendido con vosotros. Algún día"
Pero no lo hice. También últimamente muchas veces he querido decirle a C. "Yo no te odio. No te he odiado. Nunca. No podría hacerlo." Aunque su respuesta fuera orgullosa e hiriente. Pero es que yo sé que ella también está herida. Pero tampoco sé si lo haré. He empezado tantas veces a escribir tantas cosas que me gustaría decir y sin embargo probablemente nunca diré.
Ya está. Esto se acaba. Y sé que lo echaré de menos. Como todavía les echo de menos a ellos.


Y ahora quiero volver a descubrir cuentos para contar, aunque nadie los escuche. Aunque parezca una loca que habla y canta sola por la calle y después me miren raro o me digan que parezco un musical andante. Vale, cuando leo poesía no me sale tan bonito pero yo también quiero aprender a ser cuentacuentos. Me da miedo estar creciendo, saber que desde ayer soy mayor de edad y que todo está pasando demasiado rápido, que ellos no me han felicitado. La realidad no nos cabe en las manos. Pero siguen habiendo cosas imposibles que pueden conseguirse. Y quiero creer en ellas. Quiero tener alguna certeza. Pero no se si hay certezas completas. Tal vez se trate de hacer lo que se pueda. No lo sé.

Esta mañana llovía, y ahora está todo nublado y la luz se filtra de esa curiosa forma que me gusta tanto, hace sonreir y parecer a la ciudad un paisaje impresionista. Ayer decíamos "la diferencia entre el genio y el loco radica en el éxito" y es cierto. No se si llegaré a genio o a loca. Pero quiero intentarlo. Y ya se que va a ser lo próximo que escriba. Lo intentaré.

Los cafés y las esperas de algunos meses se me acumulan. Y es bonito. Es lo más bonito que tengo ahora.
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(no subject) [May. 27th, 2007|09:57 pm]
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Creo que desde febrero me propuse no esperar demasiado.


Ya lo sabes.
No sirve ni la función ni la desfunción
de cada uno de los mecanismos que diseñaste para tu vida;
es por el destiempo de sus pasos,
y aunque repitas que algún día aprenderás
a sincronizar relojes,
no es suficiente,
nunca fue suficiente.
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(no subject) [May. 16th, 2007|07:27 pm]
Postal

Necesito saber si sirvo para esto.

Anestesia.

El recuerdo de tu enero desesperado,
agotando barras de pegamento
que solo funcionan si sabes ser niño para siempre
y llevar un vuelo disimulado.

Tus estaciones de andenes secretos
se quedaron sin juegos,
y estrellan ahora la espera de la lluvia
que seca pasos y zapatos huecos
cuando agonizan los dedos de las manos,
temblando, torpes,
 en los pupitres de la decadencia.

Tal vez sólo sean,
los falsos segmentos de aquello
que nunca sucedió.

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